Arvo Pärt; la banda sonora de Estonia

Una Juventud con grandes inquietudes.

Hablar de Arvo Pärt es hablar probablemente del compositor vivo más conocido. Nacido el 11 de septiembre de 1935 y natural de Paide (Estonia). Se le engloba dentro del minimalismo sacro, aunque ha ido virando hasta encontrarse, a base de prueba y error.

Debido a su ignominia se vio obligado a una retirada forzosa de Estonia, se exilió en 1979 en Viena y Berlín, pero regresaría recientemente con ya una más que merecida fama.

Tuvo un  aprendizaje musical precoz, empezando su andadura con tan sólo siete años. Estudió con Heino Eller en el Conservatorio de Tallin. Sus influencias, en un principio, no pasaban de las soviéticas más academicistas, por eso se a sus primeras composiciones se les denomina «obras de sufrimiento». Pero esto no le detuvo para interesarse por la música gregoriana y otras músicas religiosas que provocaban un sarpullido en la élite burocrática de la época.

El ser una persona de grandes inquietudes ha hecho que estudiara muchas corrientes musicales: desde los compositores medievales franco-flamencos hasta la música de la iglesia ortodoxa. Toda esta mezcolanza extraña culminaría -si es que ha terminado de culminar- en 1977, cuando Tabula Rasa, con sus dos movimientos Ludus y Silentium, alcanzaba su madurez musical consagrándole como uno de los grandes del siglo XX.

Su obra

Los expertos dice que la carrera de Pärt es variada. Sus primeras obras, cuando aun era un estudiante, estuvieron marcadas por Shostakovich y Prokofiev. Hasta 1960 no empieza a ser considerado por la crítica y el público, con Necrolog, una obra que explora el serialismo y las técnicas aleatorias.

Tiempo después optó por el collage, que consistía en emplear material de otros compositores en su obra, como su obra Collage sur B.A.C.H. Después de este punto de inflexión llegaría una más o menos larga retirada musical donde expandió sus horizontes, estudiando sobre todo a los compositores franco-flamencos. Esta acumulación de experiencias y estudio daría como resultado la Sinfonía nº 3, que es el claro ejemplo de sus influencias medievales y clasicistas.


En 1976 llega el apogeo de su obra alcanzando un gran refinamiento musical, dando lugar a Für Alina. Es aquí cuando la espiritualidad evocadora se hace latente y se encasilla dentro de la música sacra, caracterizada por los silencios iniciales que van in crescendo para terminar descrecendo.

En sus obras se ven plasmadas plegarias que para nada disuaden a los profanos, ya que imbuye el espíritu de una trascendental experiencia que tiene que ver más con la condición humana y, es por ello, que ha sido interpretada de muy diversas formas y acogida con gratitud en círculos muy distintos.

Sin lugar a dudas es el Arvo Pärt, que después de años y años buscándose así mismo, lo ha logrado a través de la conformación de la música en base a su fe. Sus obras más acrisoladas son Magnificat, la ya citada Tabula Rasa, De Profundis o Miserere, entre otras.

Ultimamente, y mientras reside en Estonia, ha compuesto música para aproximadamente medio centenar de películas  que llevan su sello , la última como por ejemplo Los vengadores: Más Alla de Ultron, de Joss Whedon, o anteriormente para el aclamado director Paolo Sorrentino y su película La gran belleza.

 

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